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La sensación de rechazo puede generar inhibición y amargura, resentimiento e ira o una necesidad de huida que favorece las adicciones. Por eso es conveniente identificar ese temor y saber cómo afrontarlo.
Por qué se teme tanto al rechazo? Es una experiencia desagradable, que nos conecta con la sensación de ser excluidos o juzgados. Podemos, por ejemplo, evocar el efecto que nos produce que alguien nos dé la espalda, recibir una mirada despectiva, estar en medio de un grupo y sentirnos apartados…
El rechazo puede presentarse bajo diversas formas, pero siempre produce una sensación incómoda. Hay rechazos evidentes, claramente expresados, mientras que otros se manifiestan en la sutileza de una mirada, un gesto… sin que por ello resulten menos dañinos o violentos. Aunque a menudo lo neguemos, el rechazo nos afecta. Nos provoca una herida emocional que hace saltar como un resorte nuestro orgullo y nuestra ira, pero también despierta dolor e inseguridad.
En el fondo el miedo al rechazo es el miedo a ser, a mostrarse a los demás tal y como uno es. Quizá sea uno de nuestros temores más profundos, pues nos conecta con la necesidad de sentirnos apreciados en nuestras relaciones. Por eso el rechazo condensa tanto poder.
El valor de no juzgar
Todos conocemos el dolor que implica sentirse rechazado, pero en cambio tendemos a juzgar fácilmente a los demás. El rechazo siempre llama al rechazo. Por eso, la reacción inmediata cuando alguien se siente criticado es cerrarse y rechazar a su vez. La acción de juzgar nos produce una atrayente sensación de superioridad sobre el otro, e incluso de inmunidad ante cualquier tipo de daño. Sin embargo, esto nos lleva a crear relaciones definidas por la lucha, donde cada uno ataca y se defiende con sus mejores armas, siendo el rechazo una de las más poderosas.
Aprender a aceptar
Así como podemos modificar la relación que establecemos con nosotros mismos, eso también puede reflejarse en la relación que mantenemos con los demás. En la pareja, en la familia, con los amigos, los compañeros de trabajo, los conocidos, con cualquier persona tenemos constantemente la posibilidad de excluirles o de hacerles sentir integrados. Cuando alguien se siente aceptado se relaja, baja sus defensas y se abre.
Podemos, por lo tanto, optar por ofrecer ese espacio y ese respeto que tanto deseamos recibir, dejando que cada persona sea como es, sin acorralarla, sin pretender que sea como nosotros queremos que sea.
En la búsqueda de aprecio es fácil perderse a uno mismo. Procurar contentar a todos supone un esfuerzo titánico, además de ser una empresa sencillamente imposible. Es como vivir fuera del propio centro, atendiendo a lo que necesitan o desean los demás, intentando adaptarse como un camaleón a las circunstancias. Para lograrlo se requiere un férreo autodominio de las propias emociones, de los deseos y necesidades, o bien desconectar de esa comunicación interna e ignorarlos.
Mostrarse más
Para superar el miedo al rechazo la persona debe colocarse a sí misma en el centro. Supone recuperar de nuevo la conexión con sus emociones y necesidades, y para conseguirlo es preciso que aprenda a escucharse, preguntándose a menudo cuestiones como: «¿qué es lo que siento?, ¿qué es lo que yo decidiría hacer?, ¿qué es lo que me gusta y lo que me desagrada realmente?» Conocer más acerca de uno mismo ayuda a consolidar la propia identidad, lo cual a su vez permite moverse con mayor seguridad en las relaciones, poniendo límites cuando son necesarios.
Sin embargo, es preciso dar un paso decisivo. En lugar de observarse continuamente, de juzgar si lo que se hace o se dice es adecuado o no, si es correcto o equivocado, la persona puede elegir abrirse y expresar su singularidad, venciendo el miedo a ser diferente... y aceptando a su vez que los otros lo sean.
El temor enfrentado entonces puede transformarse en un impulso de individuación, en el que la persona aprende a tomarse la libertad de ser como es, y sobre todo a disfrutarla.
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