Cambiar a veces se nos hace difícil, otras nos asusta o nos parece que no vale la pena, pero vivir supone ante todo saber fluir con los acontecimientos encauzando los cambios hacia nuestras metas.
¿Es posible cambiar? En algunos momentos las personas anhelamos dar un giro a nuestra vida, renovarnos en algún aspecto, evolucionar… Sin embargo, sólo cuando esta necesidad es lo bastante intensa impulsa a movilizarse en algún sentido.
Querer cambiar no garantiza que se produzca un cambio real, pues muchos frenos y obstáculos pueden truncar ese deseo. A pesar de ser algo buscado o esperado, como la promesa de una vida mejor, el cambio también es temido y evitado. Sin embargo, el mayor freno para lograrlo es ni siquiera creerlo posible.
«Nunca cambiarás», «Soy así, no puedo evitarlo», «No hay nada que pueda hacer para mejorar esta situación». Al pronunciar frases de este tipo nos negamos, tanto a nosotros mismos como a los demás, la oportunidad de cambiar. Premisas como el peso del carácter o de los genes inducen a pensar que uno es como es porque ha nacido así o tiene esos defectos y que, por mucho que lo intente, así seguirá. Supone un futuro poco prometedor, que resta tanto responsabilidad como posibilidades frente al cambio.
Sin embargo, la psicología se fundamenta precisamente en la capacidad de cambiar de la persona. Tenemos mucha más capacidad de la que pensamos para modificar nuestra realidad, producir cambios importantes en nuestra vida y, sobre todo, transformarnos como personas.
El cambio no sólo es posible, sino inevitable. Si miramos alrededor, si observamos nuestra propia evolución, veremos que se trata de una variable que nos acompaña durante toda la vida. De hecho, podríamos decir que el cambio es lo único que permanece.